30 de septiembre de 2007

Pequeños placeres

Los viernes pongo un CD dependiendo de mi estado de ánimo y me pongo a limpiar mi casa. Hoy toca Sabina. Si los ácaros tuvieran oído musical, ya estarían haciendo las maletas.

Cántame una canción

Al oído y te pongo un cubata-

-Con una condición:

Que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata…

Canto mientras barro, tarareo al pasarle el plumero a las estanterías llenas de libros. Resoplo mientras dejo la loza de los baños con más brillo que el pelo del Travolta en Fiebre del sábado Noche.

Mi gata corre detrás de mí a la velocidad que le permiten sus muchos años y al ritmo de mi marujeo. Me divierte su locura gatuna. Ella acepta mi chifladura.

Mi chico llena la nevera con la compra semanal. Acudo al aroma del café. Una pausa, un momento compartido, dos pequeñas tazas con su contenido estimulante y negro. Hoy la charla es corta, él tiene un compromiso, se le hace tarde.

No te preocupes, ya acabo de colocar la compra, le digo.

Yo quiero ser una chica Almodóvar

Que a su chico le suplique “Átame”

No dar el alma…

Canto empuñando un calabacín. Y entonces los veo, rojo pasión y verde esperanza, provocándome desde la mesa de la cocina.

No me resisto. Soy una chica fácil. Que le den al marujeo…necesito hacerlo.

Sabina sigue queriendo escapar de ese gris laberinto…

¡Preciosos! Le digo a mi gata poniendo ante sus ojos los tomates. Ella huye despavorida, como si fueran bombas de racimo.

Corro a buscar la cámara. Miro la posición de sol. Clic, clic... No, no es eso. Sé que no es eso…

Arranco la mata. Clic, clic. ¿Arañas acróbatas? ¿Verde sobre fondo azul?

Azul, el cielo es azul, ¡azul! La botella azul que guardé sólo por su color.

Sí, eso es. Ahí está. El cielo, una botella azul, la mata del tomate y clic, clic, clic, clic...

…en la farmacia puedes preguntar:

¿tienen pastillas para no soñar?

24 de septiembre de 2007

Autovía

Fotomontaje: cuadro de Hopper, puerto y marioneta de Barcelona

Walter Foster, con traje oscuro, zapatos bi-tono y una orquídea en el ojal se dispone a pasar una velada inolvidable en el salón principal del trasatlántico que fondea en la Isla Paraíso.

Una exuberante pelirroja, de ojos grises y temperamento de domadora le invita a bailar. Su boca roza la oreja de Foster que se estremece sin perder el compás:
Paso, cierra, paso, salto…

Una rana verde como un guisante aporrea un reluciente piano de cola. Vuelan las notas de una polca-jazz para solitarios y soñadores del Medio Oeste.

¡Walter, la cena!

Una “Flatheat” de Harley se acerca ronroneando con su clásico motor V-Twin. Walter espera. El jinete pasa de largo. A lo lejos se oye de nuevo el canto de las cigarras.

Foster se incorpora. El aroma de los guisantes con panceta le anima, aunque, si pudiera elegir, seguiría agarrado a la cintura de la pelirroja salvaje.

Paso, cierra, paso, salto…

Sonríe.

Mañana será otro día – rezonga Foster-, poniendo en movimiento sus oxidadas rodillas.

Tour Lane Road, 1956. Óleo sobre lienzo de Edgar Hooper (1882-1967)

Walter Foster contempla un día más la puesta de sol. Su momento mágico está a punto de comenzar.

Walter, cariño, te aviso cuando esté la cena.

No tengas prisa, Sugar... No tengas prisa.

21 de septiembre de 2007

Conjuro de "brisa risa"

Autorretrato

Tomo prestados estos versos de Gioconda Belli, poeta y escritora nicaragüense, que os recomiendo, de su poema “Petición”

Rodéame de gozo, Que no nací para estar triste, Y la tristeza me queda floja Como ropa que no me pertenece

Fotomontaje en sepia

Quiero encenderme de nuevo, Olvidarme del sabor salado de las lágrimas -los huecos en los lirios- La golondrina muerta en el balcón. Volver a refrescarme de brisa risa Reventada ola Mar sobre las penas de mi infancia Astro en las manos Linterna eterna ante el espejo Donde volver a mirarme De cuerpo entero

Ya me vale, pero es que estoy más melancólica que una sonata de otoño. Tengo menos ideas que una ameba y busco una brisa risa que me devuelva mi chifladura.

14 de septiembre de 2007

PIEDAD ANIMAL

Foto tratada del toro de Osborne fotografiado este invierno

En España en nombre de la tradición se cometen muchas barbaridades. Por no extenderme, hablaré de la más reciente. Cada mes de septiembre, los vecinos de Tordesillas acompañados de sus retoños (para que vayan aprendiendo) y cafres invitados persiguen y torturan a un toro hasta matarlo a lanzazos. Una mujer, la alcaldesa (espero que no tenga hijos) no sólo lo permite sino que lo jalea y lo financia. Este año, el combate fue “ágil y limpio” el toro no debía opinar lo mismo, pues es difícil defenderse mientras te desangras. Una hora tardaron esos salvajes en darle muerte en nombre de la tradición. Por cierto, la Inquisición es por desgracia una tradición española. ¿La reimplantamos?

Huy, a ver si le doy ideas a la hispánica conferencia episcopal.

Fotomontaje del toro de Osborne y frutas confitadas

Aquí hay un dicho un poco “cañí” que me viene al pelo que dice, “tiene más huevos que el toro de Osborne” El tal toro es un icono publicitario que se puede ver en lomas o en valles a lo largo de las carreteras comarcales. Pues bien, hasta ahora no hemos podido decir esto de ningún gobierno de la democracia, porque no han tenido “huevos” para prohibir por ley cualquier evento que implique crueldad contra los animales.

Uno de esos cafres decía: “menos preocuparse de los animales y más por los niños y los viejos” Perdone, que me ría, bestia, los que son capaces de torturar y abandonar a un animal son capaces de hacerlo con otro ser humano. O mirar hacia a otro lado, como hacen los cobardes.

¿Por qué los vecinos impiden que se grabe la agonía y la tortura del animal, si es una fiesta declarada de Interés Turístico?

Ay, ay, ay, qué igual sienten hasta vergüenza.

Fotomontaje para ilustrar el texto que sigue (chimpancé sacado de Internet)

Acabo, porque me estoy calentando los cascos con esta historia, con un fragmento de un artículo de opinión de El País de hoy.

“… Los animales sufren, padecen angustia y temor. En ocasiones, incluso piedad.

Los torturadores nazis de Erich Mühsam, poeta judío alemán detenido en 1933, tuvieron la idea de meter en su celda a un chimpancé que habían capturado en la casa de un científico también detenido. Esperaban que el simio se ensañase con el torturado, cuyo aspecto era lamentable. En lugar de eso, el chimpancé se abrazó al prisionero y lamió sus heridas. Frustrados por esa reacción del animal, la de los guardias fue torturar y matar al chimpancé, que había demostrado tener más piedad, piedad animal, entre seres vivos, que ellos”.

Sacad vuestras propias conclusiones.

9 de septiembre de 2007

Infelices sin causa

Fotomontaje, Ría de Bilbao y ojos de un anuncio callejero
Llevo unos días dándole vueltas ¿Por qué la mayoría de la gente que dispone de lo necesario para ser feliz no lo es? No soy experta, y los términos que uso son de lenguaje coloquial, pero como observadora he llegado a una conclusión, la mayoría de esas personas que están siempre amargadas y con la queja como enseña no se aceptan, son dependientes emocionalmente y el epicentro del mundo es su propio ombligo.
Al no aceptarse, gastan muchas energías en aparentar ser lo que no son. Compiten con sus amigos, con sus parejas y con sus compañeros de trabajo. Tienen que demostrar que son geniales o superiores y eso es muy cansado e inútil, porque además, aunque te muestres como eres y seas maravilloso según tu criterio, lo demás te ven como quieren verte. Y como decía Cervantes:

“Cada uno es como Dios lo hizo y alguno mucho peor”.

Fotomontaje, David de Miguel Ángel con ojos y coloreado

La dependencia emocional es más complicada, porque es cierto que todos queremos caer bien, que nos quieran y que nos digan que somos los mejores. Tener alguien a nuestro lado que nos ame con locura. Contar con amigos que nos adoren.

Foto tomada en el MUSAC del vídeo de Pierre Huyghe

Pero aquí me refiero a esa necesidad imperiosa de afecto, a costa de lo que sea. A que todas las decisiones que se tomen tengan que ver con la aceptación de los demás. A sobrevalorar el rechazo, y no sólo el amoroso, cualquier rechazo, como la mayor tragedia de su existencia.

Sólo dejan a alguien cuanto tienen un recambio para su obsesión. Si son dejadas, se desesperan hasta que otra persona sustituye a la anterior. Son coleccionistas de “amores, amistades y enemistades”.

Lo peor, es que no soportan que los demás tratemos de ser felices, creen que somos simples, frívolos y falsos, y hacen a todas horas apología de su amargura. Me parece injusto y perverso que con las tragedias que hay en el mundo esas personas quieran acaparar mi atención y malgastar mi tiempo.

Ya me he cansado, conmigo que no cuenten.

2 de septiembre de 2007

¿Síndrome "posvacacional"?

El monstruo de la depresión posvacacional acecha a los confiados veraneantes que se pasan el año añorando las vacaciones sin tratar de encontrar el placer y la serenidad cualquier día de su existencia. Al monstruo le desespera no adueñarse de los que disfrutan de una tarde desapacible escuchando música, leyendo o viendo en vídeo una vieja película.

Pasa de los que prefieren perderse en un museo o en una exposición en vez de amontonarse en las áreas comerciales diseñadas para adocenarlo o pasear sin más y sentarte en una terraza a ver pasar a la gente. O de los que creen que echarse unas risas con un amigo mientras se toman un café es el paraíso.

No soporta la indiferencia de los que disfrutan del sosiego de una playa casi desierta, ni a los que prefieren estar solos a mal acompañados. Huye de los soñadores, de los que creen que lo mejor está por suceder.

La depresión posvacacional no es una enfermedad, es sólo una vuelta a la realidad. A la misma que interrumpimos con las vacaciones.

Padecer este síndrome está de moda. Uno más de los trucos que se difunden para que la gente no se rebele y siga fiel a la inercia y al mensaje trampa: “para ser feliz hay que tener, acumular cosas, aparentar” Cumplir con este objetivo requiere muchas energías, docilidad y dedicar poco tiempo a la reflexión.

Es más fácil manejar un rebaño de ovejas que a cuatro cabras locas.

Este monstruo me da risa. Me las apaño para no ser dependiente de eslóganes ni modas. No podría vivir sin la melancolía del otoño y encima me gusta el frío. Soy una cabra loca