Con los ojos pegados y el cuerpo intentando adaptarse a la verticalidad, abro la ventana. Precioso. Pero la belleza de un amanecer es efímera. Corro descalza a buscar la cámara.
Me siento feliz por tener una entrada de primera fila.
Y río, con mi gata haciendo requiebros entre mis piernas y dando cabezazos a bordes y esquinas contagiada por mi locura.

A media mañana, en la parada del café, ojeo el periódico. El mundo huele mal y algunos políticos y ex políticos me dan ganas de vomitar.
Leo que el ex presidente Aznar intervino en Herzlyía, el principal foro de debate político, diplomático y económico de Israel. No hizo la mínima alusión a la desesperada situación de la población de la franja de Gaza ni a que sus anfitriones se salten a la torera los derechos humanos.
Habló de poder, de dinero y de bandos de buenos y malos. Él pertenece al de los buenos. Y, para que no quedara ninguna duda, pronunció una de sus estúpidas frases.
"No quiero ser protegido por los chinos, ni controlado por los rusos, ni dominado por el Islam."
Este tío es corto, impresentable. Y si no fuese tan dañino, me daría lástima, como canta Serrat.
Leí mi primer relato sobre el holocausto judío cuando tenía trece años. Me impresionó tanto, que me obsesioné. Quería saber más de los campos de exterminio nazi tratando de encontrar una explicación a tanta atrocidad. Busqué novelas, ensayos y artículos que leía sobrecogida como si fueran historias de terror.
Durante muchos años lleve colgada al cuello la estrella de David.
He visto casi todas las películas y documentales que se han hecho desde El gran dictador; Noche y Niebla; Shoah. Documental; Europa, Europa; Adiós, muchachos; Amén; La lista de Schindler...
No voy a enumerarlas todas, porque la lista es larga.
Todavía lloro desconsolada con la escena del judío hambriento, helado, aterrorizado, tocando el piano para un oficial alemán en un edificio en ruinas en la excelente cinta de Polanski, El pianista.
Y sigo sin encontrar una sola razón para entender que unos hombres sean capaces de masacrar a otros hasta la muerte de una manera organizada y fría, ante la indiferencia del resto.
Los hombres crearon el infierno y abrieron franquicias.
Dachau Buchenwald Auschwitz …
Entre el Mediterráneo y el estado de Israel existe una de esas franquicias: “La Franja de Gaza”. Lo que más me desanima y aterroriza es que los verdugos son ahora los descendientes de aquellos por los que he llorado tanto, por los que he llevado un símbolo que los identifica, yo, tan poco dada a las enseñas, banderas, patrias, bandos o religiones.
Me temo que la historia se repita y, cuando ya no quede nadie a quien torturar ni humillar, diremos horrorizados que no sabíamos que a un puñado de palestinos se les ha condenado a una muerte lenta y atroz, un puñado entre los que hay viejos, mujeres y niños. Ellos miran nuestra indiferencia desde las barricadas de su asedio.
Amanece en Gaza y empieza la pesadilla de sobrevivir a la barbarie.