He perdido un millón de euros, y no pasa nada. Lo asumo. Pero aguantar nueve meses que un tío te chorice a tu mujer…
Se me atraganta el cruasán de 500 calorías. Pero imagino al David de Miguel Ángel cubierto de ellos con el ojo del camarero soñador y me siento menos culpable por saltarme la dieta. En la mesa de al lado, un hombre herido, rubio como la cerveza, le cuenta a su acompañante que ella lo ha dejado por otro después de doce años de felicidad. Su tono se bate entre la ira y la sorpresa en un duelo muy igualado.
¿Sabes? Da lástima. Tiene un marido abogado de 42 años (o sea él), de 1,90, y se va con un vende mierda de 60 (el amante).
Mi lápiz en suspenso espera la altura del amante. No lo menciona. Anoto: ¿será más alto que él? ¿Más espigado?
Me atiborro de pastillas para dormir. Si no fuera por mamá, que tiene 75 tacos, no me importaría que me diera un infarto y morirme de golpe. Acabar con todo…
El acompañante, que no habla, está incómodo con esta última confesión. No parecen amigos, más bien colegas de curro.
Dame un beso de amor, me dijo cuando vino a recoger sus cosas. A mí no se me conquista con frases. Pide perdón a mamá. Dile que eres una puta cerda o que te volviste loca…, que se yo.
¿Pero a qué juega?
No quiso llevarse la ropa… Tíralo, dijo… Veinte millones de pesetas* hay en esos armarios... Le regalé para su cumpleaños un AUDI, con GPS… y la muy… me decía que llamaba desde París por trabajo y estaba aquí, en la Castellana. ¡Joder, que el GPS te dice la verdad!
Se queda en “pausa”, como el vídeo cuando vas al baño. Estoy a punto de hacer lo propio, cuando un gemido seguido de un estruendo me clava en el silloncito verde inglés.
¿Te han hecho daño? ¿Te han hecho daño, aquí? ...
...y se golpea el pecho como un gorila macho, un espalda plateada, a la altura del corazón y donde guarda su billetero de piel de cabritillo salvaje.
El acompañante da un respingo y se recoloca las gafas. El rubio abogado suelta el aire como una olla de presión.
Tiene pagado los cursillos de golf… hasta el año que viene… No entiendo nada. ¡DIOOOOOSSS!
Ni propina le dejo al camarero, que me enternece con ese cuerpo diseñado para la lujuria y que podría ser mi hijo.
Como he olvidado el GPS en casa, me desplazo en metro. Me inquietan los túneles con toneladas de tierra por encima. Pero hoy sólo pienso en lo afortunada que soy por no pertenecer al mundo de ese señor, tan aburrido y absurdo.
Soy Alicia en el País de las Maravillas.
Un conejo pasa veloz consultando su reloj de bolsillo y repitiendo.
¡Dios mío! ¡Dios mío! Voy a llegar tardísimo.
* 120.202, 42 euros. En pesetas en la voz original (Nota de la cotilla)