Foto de Pere Tordera
El 21 de mayo de 1991 visité el País Vasco por primera vez. Un día después de un atentado en la casa cuartel de Vic donde perecieron diez personas.
Después de un recorrido por la ría de Bilbao, entré en un local a comer algo. La tele estaba encendida. Las noticias mostraban las imágenes de atentado, daban las cifras de muertos y heridos. Me extrañó que los parroquianos no sólo no hicieran ningún comentario, cosa improbable en cualquier otro lugar de España, sino que miraran de reojo y siguieran hablando de frivolidades como, comida y fútbol, obviando el horror que algunos de sus paisanos habían cometido en su nombre.
En 2004 vuelvo. En una reunión familiar en un maravilloso txoko lo primero que me advierten es que no se habla de religión ni de política. Ni en broma. Lástima. Quería preguntar a esas buenas personas por qué son tan cobardes. Por qué la iglesia católica está al lado de los verdugos y no de las víctimas. Y por qué creen que en Cataluña no ha prosperado el terrorismo; será porque la gente lo rechaza abiertamente y nunca ha permitido que unos pocos irracionales condicionen el futuro de todos. Allí la gente sí habla de política, también de comida, de fútbol y hasta de religión a pesar de que sus iglesias son las más vacías del reino.
Marzo, 2007. Comemos en un encantador restaurante del barrio de pescadores de Donosti. El dueño se queja de la visión que se tiene de los vascos. Le digo en mi condición de madrileña, habiendo residido muchos años en Barcelona y viviendo ahora en Madrid, que a los que en realidad se les tiene manía es a los catalanes, sobre todo por el centro. Que cuando ETA mata, en las manifestaciones se grita: ETA no, vascos sí, pero cuando la reforma del estatuto de Cataluña en muchos lugares se boicotearon los productos catalanes, hecho que nunca ha sucedido con Euskadi.
El hombre se incomoda, teme que la charla vaya por otros derroteros y hace mutis por el foro. Me quedo con las ganas de decirle que lo que le debería preocupar es que tantos vascos no griten que están hartos de que su libertad la tengan secuestrada unos pistoleros. Empezando por la actitud del partido que gobierna el País Vasco, que a menudo ha parecido tibio con los verdugos e indiferente con las víctimas.
Hoy leo en el diario El País, que en Mondragón, en la sede del Banco Guipuzcoano, lucen las fotos de los verdugos, no las de las víctimas. Las victimas en Euskadi tienen que pedir perdón por dejarse matar y crear tanto problema a una sociedad amordazada y miedosa.
Cuando el periodista le pregunta al director, éste le dice nervioso que siempre han estado ahí.
"¿Permitiría que un banco de la competencia empapelara su fachada anunciand créditos más baratos?"
"Hombre, eso es distinto…"
Señor director, usted es cómplice y también lo son los clientes que nunca se han quejado de que la verja de su señorial Banco haga apología del asesinato. Son todos cómplices de que a Isaías Carrasco, su vecino, del que no hay ni rastro en su recuerdo, lo asesinaran sólo por militar en otro partido. Isaías era un obrero. Nada sospechoso de conspirar contra Euskal Herria.
Me da igual que el País Vasco sea independiente o no, pero no me da igual que se mate por esa idea tan anticuada en la era de la globalización.
Se me encoge el alma por la soledad de las víctimas, me avergüenzo de la cobardía de la mayoría, admiro a ese puñado de valientes que hacen de diana para que los vascos de bien puedan seguir practicando la huida.
Mi cariño y recuerdo para los que se atreven a utilizar la libertad poniendo su vida en riesgo. Mi desprecio para los cómplices que miran para otro lado, que sepan que también tienen las manos manchadas de sangre.