24 de abril de 2008

Mari Pili y Liliput, un cuento de amor ilustrado


Mari Pili y Liliput viven en una de las estanterías de mi casa. No me importa que las visitas los miren con guasa. No tienen estilo ni parecen valiosos, pero sí lo son para mí. Cómo se cruzaron en mi camino es el inicio de este cuento de amor.

Cuando era pequeño, mi hijo Adrià recolectaba en una caja de zapatos tornillos, piezas de lego, botones y trozos varios de consistencias inesperadas. Su arsenal estaba destinado al proyecto de un robot inteligente que se encargaría de todas mis tareas para que yo dispusiera de tiempo para jugar.

Nunca olvidé aquella enternecedora oferta. Parece que él tampoco, y una Navidad me regaló a Liliput en memoria de aquel sueño que no pudo cumplir.
Mari Pili lleva conmigo más de treinta años. Se la trajeron de Alemania a una compañera del cole. Una pecosa consentida y mimada insoportable que la arrojó al suelo enfadada, porque, según su criterio, era horrorosa.
“A mí me gusta su sonrisa”
Me miró un segundo desconcertada. Y sin pestañear, clavó con saña el talón de su zapato gorila sobre la cara de la muñeca diciendo:
“El monstruo es tuyo, si queda algo”.
La robustez de la fabricación alemana ganó al sadismo de la pelirroja.
Recogí la muñeca del suelo y mientras la bañaba en la fuente del patio, donde sobrevivían dos peces naranjas, tres renacuajos transparentes y una libélula verde le dije:
“No eres fea, sólo distinta. ¿Te gusta Mari Pili? Suena chispeante”.

Cuando se hizo mayor, le quité sus ropas de niña y la vestí de largo con un pañuelo chic que me había regalado mi amiga pija. Como no tengo costumbre de guardar los mocos, uso de esos de papel que se tiran. Y ella está preciosa con él. Mi amiga no me lo perdonado.
Liliput y Mari Pili, al principio ni se miraban. Épocas distintas, distintos intereses y procedencias…
Él es frío como la lata, y ella, con su trauma infantil de fea ni siquiera lo intentó con “el mosito” un oso roñoso con más años que las pirámides y un solo ojo, que de buen grado la hubiera achuchado entre sus brazos de felpa.

Juzguen ustedes, yo me he limitado a encuadrar con mi cámara las escenas del romance tórrido de estos dos. Mi foca antiestrés “Bobita”, también anda trastocada, se ha pirado de mi mesa de ordenador y anda componiendo escenas babositas con la pareja.

“Prefiero ser la mascota de unos enamorados, a que me estrujes entre tus manazas. Que deberías medir un metro noventa para tenerlas tan grandes”.
¿Me estás llamando acaso desproporcionada o inarmónica, foca gomosa? - Le dije fuera de mí- . ¿Y la cara de estreñida de Mari Pili…? ¿Y… esos pelos y esa boca que se la pinta a navaja…?
O el enano de hojalata, que tienen más cuerda que pestañas y menos cintura que un dado… ¿Eh?"
Bobita se ha montado un jacuzzi en la taza de desayuno de mi chico y me ignora.
Amigos, qué malos son los celos. Qué arrebato tan ruin por mi parte.
Mi pequeña Mari Pili y Liliput, pasando de mi frustración envenenada, retozan sobre el mantel rojo pasión de la mesa de la terraza. Él corta un geranio de la maceta para su princesa y el amanecer los encuentra susurrando palabras de amor sencillas y tiernas.

20 de abril de 2008

Víctimas, cómplices y verdugos

Foto de Pere Tordera

El 21 de mayo de 1991 visité el País Vasco por primera vez. Un día después de un atentado en la casa cuartel de Vic donde perecieron diez personas.

Después de un recorrido por la ría de Bilbao, entré en un local a comer algo. La tele estaba encendida. Las noticias mostraban las imágenes de atentado, daban las cifras de muertos y heridos. Me extrañó que los parroquianos no sólo no hicieran ningún comentario, cosa improbable en cualquier otro lugar de España, sino que miraran de reojo y siguieran hablando de frivolidades como, comida y fútbol, obviando el horror que algunos de sus paisanos habían cometido en su nombre.

En 2004 vuelvo. En una reunión familiar en un maravilloso txoko lo primero que me advierten es que no se habla de religión ni de política. Ni en broma. Lástima. Quería preguntar a esas buenas personas por qué son tan cobardes. Por qué la iglesia católica está al lado de los verdugos y no de las víctimas. Y por qué creen que en Cataluña no ha prosperado el terrorismo; será porque la gente lo rechaza abiertamente y nunca ha permitido que unos pocos irracionales condicionen el futuro de todos. Allí la gente sí habla de política, también de comida, de fútbol y hasta de religión a pesar de que sus iglesias son las más vacías del reino.

Marzo, 2007. Comemos en un encantador restaurante del barrio de pescadores de Donosti. El dueño se queja de la visión que se tiene de los vascos. Le digo en mi condición de madrileña, habiendo residido muchos años en Barcelona y viviendo ahora en Madrid, que a los que en realidad se les tiene manía es a los catalanes, sobre todo por el centro. Que cuando ETA mata, en las manifestaciones se grita: ETA no, vascos sí, pero cuando la reforma del estatuto de Cataluña en muchos lugares se boicotearon los productos catalanes, hecho que nunca ha sucedido con Euskadi.

El hombre se incomoda, teme que la charla vaya por otros derroteros y hace mutis por el foro. Me quedo con las ganas de decirle que lo que le debería preocupar es que tantos vascos no griten que están hartos de que su libertad la tengan secuestrada unos pistoleros. Empezando por la actitud del partido que gobierna el País Vasco, que a menudo ha parecido tibio con los verdugos e indiferente con las víctimas.

Hoy leo en el diario El País, que en Mondragón, en la sede del Banco Guipuzcoano, lucen las fotos de los verdugos, no las de las víctimas. Las victimas en Euskadi tienen que pedir perdón por dejarse matar y crear tanto problema a una sociedad amordazada y miedosa.

Cuando el periodista le pregunta al director, éste le dice nervioso que siempre han estado ahí.

"¿Permitiría que un banco de la competencia empapelara su fachada anunciand créditos más baratos?"

"Hombre, eso es distinto…"

Señor director, usted es cómplice y también lo son los clientes que nunca se han quejado de que la verja de su señorial Banco haga apología del asesinato. Son todos cómplices de que a Isaías Carrasco, su vecino, del que no hay ni rastro en su recuerdo, lo asesinaran sólo por militar en otro partido. Isaías era un obrero. Nada sospechoso de conspirar contra Euskal Herria.

Me da igual que el País Vasco sea independiente o no, pero no me da igual que se mate por esa idea tan anticuada en la era de la globalización.

Se me encoge el alma por la soledad de las víctimas, me avergüenzo de la cobardía de la mayoría, admiro a ese puñado de valientes que hacen de diana para que los vascos de bien puedan seguir practicando la huida.

Mi cariño y recuerdo para los que se atreven a utilizar la libertad poniendo su vida en riesgo. Mi desprecio para los cómplices que miran para otro lado, que sepan que también tienen las manos manchadas de sangre.

16 de abril de 2008

Ellas, ellos y el mar

Los perros sacan de paseo a sus amos para abandonarlos a las ensoñaciones y a la melancolía del ocaso ...

... mientras ellos se olfatean, se persiguen y juegan a ser libres y salvajes.

A él le gusta la montaña, ella prefiere la playa. Él es reflexivo, ella impulsiva.

El verano es la estación favorita de él, ella adora los otoños y los inviernos.

El cine intimista es lo que a ella le pone las pilas; él prefiere el cine de acción. Ella siempre lee libros “raros”. Él alguna vez sucumbe y también los lee, aunque sigue releyendo el Quijote y buena novela negra.

Coinciden cuando se aman.

En su pequeña isla, las sirenas hacen cola para seducirlos y la reina de los mares los nombra caballeros de la orden de los corales escarlatas. Cabalgan sobre las olas en caballitos de mar, para desespero de Neptuno que no aprueba su locura soñadora. Al viejo dios marino le encantaría ensartarlos con su tridente y alimentar con ellos a los peces ciegos del fondo abisal.

Cuando abandonan la isla, el mar la esconde hasta su regreso.

Caperucita roja sale a pasear al atardecer con zarcillos de caracolas tintineando en sus orejas y una ristra de cangrejos patinando en la arena bruñida por el ocaso y las mareas. Los lomos de las sardinas ponen plata en la espuma de las olas. La abuela se come la merienda en un banco del paseo junto al mar.

6 de abril de 2008

Hansel y Gretel…

… estaban muy asustados, su mamá era muy joven y bastante chiflada.

Se tiraba al suelo con ellos para liquidar a indios y confederados, armada con una escopeta hecha con una pinza de la ropa. Les sometía a hipnosis de broma para que se durmieran, poniendo voz de ultratumba: “te pesan las piernas, te pesan los párpados…” o hacía imitaciones penosas de dibujos animados que acababan con los tres muertos de risa.

Hansel le decía: ¿mamá, hablamos de cosas interesantes? y a ella se le caía la baba y hablaban del mundo, de la gente, de lo misterioso… mientras él la escuchaba fascinado con un montón de porqués esperando en batería para satisfacer su inmensa curiosidad.

Gretel disfrutaba sentando a mamá junto a barriguitas y barbis para simular un juego. Entonces la regañaba por ser una bruja que les apagaba la luz a las nueve y media de la noche, les hacía comer verdura y beber leche por las mañanas. Cuando mamá “lloraba”, Gretel la consolaba cantando y haciéndole mimos.

Nada de tele a cualquier hora. Tenían que elegir el programa que querían ver. Se enfadaban. “No somos como los otros niños” le gritaban.

Hansel y Gretel en ese momento la odiaban. Aunque, cuando mamá les cantaba “Félix el gato, el único, único gato…” con aquella risa final y las manos en la barriga, o los llevaba en el “mini” a la escuela haciendo conducción deportiva, a veinte por hora -con mucho aspaviento y ruido de motor, pareciendo que volaban-, se lo perdonaban todo.

A veces veían con ella ópera en la tele. Les gustaba mucho una donde una señora gorda con cara sonrosada simulaba ser una enferma que se moría de tisis. El amante lloraba a moco tendido… A Hansel y Gretel les encantaba, pero no entendían por qué la enferma con aquella potencia de voz estaba tan pachucha.

Han pasado veintinueve años y Hansel y Gretel se resignaron a vivir encadenados a esa madre majadera que los quiere con locura. Es ella la que, cuando se aleja, deja guijarros blancos en el camino para que ellos siempre la encuentren.

Quería contarles un cuento a mis mellizos a ver si todavía me acordaba de cómo hacerlo.