26 de septiembre de 2008

Retratos improvisados

...Tengo una soledad tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor... (Mario Benedetti)
Autorretrato con swing. La música a mis pies, sobre mi cabeza el cielo. Me siento la reina de Nueva Orleans.

Ay, Pep, qué alegre es esta música, dan ganas de bailar. Y los viejos amantes se miran cómplices y se alejan cogidos del brazo a ritmo de jazz lento.

Mi amiga Patricia, que vive en Madrid, ha estado unos días de vacaciones conmigo. Sin que se diera cuenta, le hice el retrato. Está “maravishossssa”, como diría ella con su cálido acento de Buenos Aires.

Me gusta mi princesa cuando baja la guardia, se relaja y no posa para mis fotos. Luz de atardecer en la playa que torna verde el azul de sus ojos.

Ricard vive en una residencia donde fui a ver a un familiar. Me cautivo su porte, su sonrisa socarrona, su humor. Compartimos un café de máquina, solo, fuerte, como a mí me gusta. Cuando le tomé el retrato, me decía: “Hay muchas cosas buenas en la vida, pero el café es una de ellas. Y mirando el vasito añadió: parece poca cantidad, pero es la dosis perfecta para nosotros”. Y aunque sabía que se refería al resto de residentes, me lo tome como si hablara de nosotros dos. Un momento de intimidad con mucha ternura.

Ellas sonríen para salir más guapas, él esconde barriga y me mira desafiante. La perrita Luna sólo tiene ojos para un perro salchicha que se contonea por el paseo con ojos de amante bohemio e indiferencia ensayada que las enamora.

Luna -la llamo-, y sus ojos me miran pidiendo una caricia. Le digo a su dueño que está falta de cariño, que le haga más mimos.

“Ya le doy pavo para comer. “

Luna, lunera cascabelera, escápate con el perro salchicha y cambia el pavo por una tarde de lujuria. Pero Luna mira al del pavo con amor mientras hablamos. Y comprendo que lo de Luna con el perrillo del paseo es sólo una fantasía para aliviar el tedio de las largas tardes de invierno.

10 de septiembre de 2008

Fauna autóctona

Cuando madrugo, en la playa, hay huellas de patitas de gaviotas, que vienen a comer soledad y a beber espuma de las olas…
Gloria Fuertes
Blanquita se entibia perezosa al sol de la tarde, la peca de su nariz parece una pepita de chocolate. Vive entre las rocas del espigón con un gato joven e insolente. ¿Hijo o amante de paso? Quien sabe.

Se va a pegar una nata la chiflada ésa, ¿qué pretende? Tomarnos unas fotos para su blog. Sonríe cuando se acerque.

Paso de la cursi ésa con sus “bisbisbis, gatitos” si no trae nada para comer. ¿Le saco la lengua? OK. Y avísame cuando se largue…o se caiga al mar.

Estaba hasta la rosca de mojarme la patita con los embates de la mar salada…

…así que me fui de compras al Diagonal Center mientras mi pescador disertaba con un colega sobre capturas conseguidas, monstruos marinos, marejadas y marejadillas. ¿A que mola mi katiuska?

Mari, Mari, ¡cuidado!, que viene una ola traicionera. ¿Qué viene una queeeeeee?

¡Una olaaaaaaaaaaa!

¿Calma chicha, relajo o aburrimiento? Ni idea, a mí me ponen la correa, voy dónde me lleven y encima sonrío. Pues yo soy de temperamento tristón. Mi dueño me deja atada mientras toma un refrigerio con sus amigos, ésa de la terraza de enfrente está de un pesadito con “sonríe guapa” pero sin soltar la jarra. Que hay que ver el arte que tiene con la cámara en una mano y la cerveza en la otra.

Por todas las galaxias, los fondos abisales, y la grasa de los barcos de recreo, se acabó mi vida anónima de extraterrestre jubilado, con lo que me costó encontrar esta boya donde habitar sin pagar impuestos, ni amarres, ni reciclaje de aguas, ni reposición de arenas…

Señora, por sus hijos, ¿podría pixelarme el careto?