Mi amiga Patricia, que vive en Madrid, ha estado unos días de vacaciones conmigo. Sin que se diera cuenta, le hice el retrato. Está “maravishossssa”, como diría ella con su cálido acento de Buenos Aires.
Me gusta mi princesa cuando baja la guardia, se relaja y no posa para mis fotos. Luz de atardecer en la playa que torna verde el azul de sus ojos.
Ricard vive en una residencia donde fui a ver a un familiar. Me cautivo su porte, su sonrisa socarrona, su humor. Compartimos un café de máquina, solo, fuerte, como a mí me gusta.
Cuando le tomé el retrato, me decía: “Hay muchas cosas buenas en la vida, pero el café es una de ellas. Y mirando el vasito añadió: parece poca cantidad, pero es la dosis perfecta para nosotros”. Y aunque sabía que se refería al resto de residentes, me lo tome como si hablara de nosotros dos. Un momento de intimidad con mucha ternura.
Ellas sonríen para salir más guapas, él esconde barriga y me mira desafiante. La perrita Luna sólo tiene ojos para un perro salchicha que se contonea por el paseo con ojos de amante bohemio e indiferencia ensayada que las enamora.
Luna -la llamo-, y sus ojos me miran pidiendo una caricia. Le digo a su dueño que está falta de cariño, que le haga más mimos.
“Ya le doy pavo para comer. “
Luna, lunera cascabelera, escápate con el perro salchicha y cambia el pavo por una tarde de lujuria. Pero Luna mira al del pavo con amor mientras hablamos. Y comprendo que lo de Luna con el perrillo del paseo es sólo una fantasía para aliviar el tedio de las largas tardes de invierno.









