Al llegar a casa compruebo que mi cámara me autorretrata sin mi consentimiento. Y mis piernas de colores ensayan nuevos pasos en la baranda del balcón mientras de fondo se oye el plañir de las teles: crisis, crisis, crisis...
Al llegar a casa compruebo que mi cámara me autorretrata sin mi consentimiento. Y mis piernas de colores ensayan nuevos pasos en la baranda del balcón mientras de fondo se oye el plañir de las teles: crisis, crisis, crisis...
Ojos azules para un otoño azul
A mi gata Nina le salen manchas en las radiografías. Me mira y sé que no quiere punciones ni que la seden en una fría mesa metálica para confirmar que está viejita.
El mar se cose por el horizonte al cielo azul para que las estrellas se puedan dar un baño y no se pierdan hasta que llegue la noche.
A la playa de mi barrio le han puesto bocadillos de cómic para que imparta “Educación para la ciudadanía” sin permiso de los obispos bajo el cielo azul.
En este otoño azul, las palomas pasan de comer porquerías en las plazas y se han apuntado a la dieta mediterránea. Comida saludable, baño de patas y pilates en la arena.
Hoy me he puesto unos calcetines extravagantes de piel de leopardo y puntilla de cabaretera. Le hacen reír a mi melancolía otoñal. Zapas del 41 con las que vuelo hasta el mar para soñar con los pies en el suelo. Aunque este otoño me cueste arrancar y no sea ocre sino azul.
Me acordé del pensador inglés cuando hice esta foto. Él defendía que una manera de abordar las cuestiones sociales, políticas y económicas era medir su utilidad con una pregunta. Si producen placer o sufrimiento en los seres vivos.
El primatólogo español, Jordi Sabater Pi, conocido popularmente por haber salvado al gorila albino, Copito de nieve, de una muerte segura comprándolo en Guinea por 15.000 pesetas de los años 60, una fortuna para la época, dice que algún día la humanidad será juzgada por haber encerrado a los primates en zoológicos.
Mami, por qué ríen. ¿Qué tiene de divertido vivir en una jaula, aunque sea de cristal?
Y mami abraza a su pequeño. Mira más allá de la barrera de vidrio, por encima de la gente que lo llama mono, mico, animal, y busca en su memoria genética la ensoñación de sentirse libre. Aún recuerda cómo trepar a lo árboles, cómo criar a su hijo, cómo defenderlo, cómo adiestrarlo... Enseñanzas que transmitirá a su cachorro, que tal vez necesite sobrevivir ahí fuera cuando el hombre sea por fin un ser civilizado.
Me pregunto hacía dónde mira el pelícano que se exhibe en un decorado de jardín del edén tan falso como la utilidad de su pico-red en el encierro.
Lo imagino soñando con humedales, con la incertidumbre de la sequía o la de saciarse con los peces atrapados por su peculiar pico, añorando en su rutina castradora y condicionada la libertad, la vida, incluidos sus peligros.
Decía Gandhi, que un país, una civilización, se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales. No creo que en la actualidad, con la facilidad de acceder a cualquier información, imagen y conocimiento, tenga sentido mantener a los animales en jaulas para exhibirlos.
Porque la pregunta es ¿pueden sufrir? Y me temo que la respuesta es sí.