La bestia imaginaba como sería besar aquella boca, olisquear su pelo y descender desde su cuello hasta perderse entre los huecos de su amada.
Con su único ojo se aprendió de memoria los rasgos de la bella para poder soñarla en la oscuridad...
Ni cuando el sol se conjuraba con su obsesión y la desdibujaba o los balcones del edificio de enfrente se reflejaban envidiosos en el rostro de la bella disminuía su deseo de amarla, de poseerla.
Un día de lluvia… la bella del escaparate quedó atrapada detrás de una persiana metálica. Y en el ojo de la bestia se enmarcó un "Se traspasa, por cese del negocio", en negrita y comic sans, para más inri.
Mientras el chatarrero la aupó a la caja del camioncito junto a lavadoras de bocas abiertas y descolgadas, mugrientas cocinas, lavavajillas con los dientes llenos de restos de festines, sartenes pintadas de hollín y olvido, y artilugios variopintos de rígidas y frías texturas, la bestia rezó ante de expirar:
Firmado: el fantasma del parque.
