29 de septiembre de 2009

Escenas de Praga

Los edificios son bonitos, pero ya están en las guías y en internet, paso, a mí me gustan los detalles como este guapo mozo aguantando el balcón de su amo.

Cuando Xavi no me oye, le digo: "tío, lárgate, y si se le cae el palacete al negrero, que le den".

Huyendo de la horda de turistas, paseamos por los jardines del Castillo. Tengo contraluz para retratar los tejados rojos de la ciudad, qué fastidio, pero de repente aparece el guardia nacional en su rato de descanso, y sólo me falta música de violines y una voz que susurre: “siempre nos quedará Praga”

En el barrio pequeño de Praga, tocando al río y alejado del bullicio del famoso puente de Charles, existe esta zona señorial y tranquila, donde sacudirse el ruido y el olor de los pinchos de la Plaza Vieja. Al dejar atrás las embajadas, todas en edificios del XVII y XVIII, nos encontramos a este bebé gateando, por los alrededores del Museo Kampa, muy interesado en los caminantes.

Por las tardes, el bebé se viste de heavy navideño y se larga a algún garito a beber cerveza. ¡Santo cielo! Qué grandes son las jarras que te ponen. Molan los pendientes. Mira en tu costurero, no te cortes, y estrena zarcillos.

Y hablando de cerveza, Tim tomaba pequeños sorbos de su vaso de plástico mientras conducía su barquito por el Moldava y nos contaba la historia de la ciudad, con el inglés melódico que hablan los checos. Cuando paraba de hablar, Tim, miraba más allá de las orillas del río, tal vez soñando con otro trabajo y con quemar el uniforme de marinerito. Te apoyo, Tim.

Cuando vi a nuestra señora de CD me acorde de la Sociedad General de Autores españoles (SGAE), y pensé que sería un buen reclamo, una estampita con la que disimular su avaricia recaudatoria y convencernos de que los dineros son para apoyar a nuevos artistas. Por si ocurre el milagro, señores, ahí tienen a su santa patrona.

Que le voy a hacer, soy una simple, los hare krisnas me enternecen con su alegría infantil, su sonrisa perenne y ese buenismo a raudales en los tiempos que corren. Y que no comen ajo ni cebolla, lo que se agradece cuando cantan su repetitivo mantra:

Hare Krishna, Hare Krishna,

Krishna Krishna, Hare Hare,

Hare Rāma, Hare Rāma,

Rāma Rāma, Hare Hare.

Desde que nos sentamos en la terraza del bar me llamó la atención, era sin duda un viejo bohemio. Decidí seguirlo con mi cámara. Se levantó se acercó a una iglesia cercana donde acababa un concierto de música barroca y al poco apareció con unas bolsas.

Claro, mi viejo bohemio no es otro que el artista Vladimir Pintà, que toca el saxo, la trompeta, el trombón de varas, baila, canta y tiene una vitalidad y un sentido del humor envidiable. Si buscáis en yotube lo podéis ver en acción. Su particular show dura horas, parece incansable.

Siento no conocer su nombre, cantaba una canción dulce acompañado de la zanfona, un instrumento muy antiguo. Su éxito era escaso entre la manada de turistas. A mí me llamó la atención el encuadre y el instrumento, le pedí permiso para fotografiarlo. Otro día vi como unos judíos, de los que van con levita y tirabuzones, se pararon a escucharlo y luego le hicieron preguntas muy interesados, me alegré por el viejo músico.

Vi el escaparate por casualidad, callejeando, pero la luz era muy mala, así que volvimos al día siguiente para que una servidora pudiera hacer su fricada de costumbre. Me recordó a esas teles que te traían de recuerdos con vistas del lugar, horrorosas, sí, pero más fácil de esconder que la pareja vestida con traje regional. Lo peor.

Esta foto me demuestra que Xavi es un santo varón por seguir conmigo, porque con lo serio que es posa donde le digo, aunque no he vuelto a conseguir que se pasee en un coche de caballos, dice que, esa horterada, por encima de su cadáver.

Dicen que a partir de una edad la mujeres nos hacemos invisibles para los hombres, por eso, cuando este tipo me miró con esos ojitos somnolientos, no me pude resistir. Eso sí, me dijo que de besos en la boca, ni hablar, que se le estropea el piercing.

Hice doscientas fotos más, pero estas son mis favoritas.

13 de septiembre de 2009

El hombre que miraba para adentro

El hombre de mi historia no tenía motivos importantes para ser infeliz. Pero un día, giró sus ojos hacia adentro, se concentró en sí mismo y se inventó un mundo asqueroso que parecía conspirar contra él.

Los párpados se le quedaron abiertos, atascados por el asombro. Las pestañas se mustiaron añorando la humedad de la emoción, y los globos oculares al revés le daban un aire de zombi desvalido.

Para disimular el estropicio, el hombre se compró unos ojos. Sus ahorros sólo alcanzaban para un par.

- Te recomiendo los de soñador. Son discretos y combinan con cualquier evento social. Eso sí, recuerda que no hago milagros, que sólo es un disimulo. Estos ojos no lloran, no ríen, claro que tampoco muestran angustia ni dolor.

– le dijo el viejo artesano, una eminencia en ojos para los que no quieren ver.

El hombre salió a dar un paseo con sus ojos de mentira, orgulloso de que nadie pudiera descubrir su infelicidad. Y en vez de disfrutar con los ocres de los árboles o distraerse con los niños que reían en la plaza inventándose paraísos, o enternecerse con los gatos entibiándose al sol como los viejos felices, se miró el ombligo, redondo y anudado como sus emociones.

Vio como el corazón perdía su brillo rojo y latía con desgana. También como la desesperanza y el resentimiento se columpiaban sarcásticos en sus costillas flotantes. Y como la empatía se ahogaba, arrinconada en una artería taponada por la furia.

Él, que antaño amaba la belleza, se perdía los atardeceres, que dibujaban con tinta china los edificios sobre fondo naranja y malva.

Entre su mujer y el hombre se instaló una autopista de silencio, cada vez más desangelada, cada día más ancha. Por la noche miraban la tele, es un decir, porque sus ojos de verdad seguían mirando hacía adentro. Luego se daban la espalda antes de dormir.

Entonces él se quitaba sus ojos de soñador, los guardaba con cuidado en su cajita de nácar, y lloraba desconsolado en la oscuridad.

Nota: todas las fotos y fotomontajes son míos, aunque la cajita para poner los ojos la he sacado de Internet. Lo digo por si el autor la reconoce y quiere que la retire, sólo tiene que indicarlo.

5 de septiembre de 2009

Verano, cha, cha, cha.

Veraneo en casa con las ventanas cerradas y el ronroneo suave del aire frío, esperando que asome septiembre por el calendario.

Café expreso, bebida de cola, leo, alquilo películas raras, trabajo, planeo algún viaje para cuando refresque. Mi gata está contenta de tenerme todo el día, aunque tenga que ponerle una mantita, porque ella prefiere el calor.

Un hombre hace sombra a su sombra para que no se derrita.

Un día se me ocurre pasear al mediodía. Insensata. La cercanía del mar evita que muera agostada.

Ya sólo salgo al anochecer, si nada me obliga.

Camino por la orilla con los pies en remojo. El sonido del mar y la brisa me reconcilian con el verano. Se encienden las luces y la calle rebosa de gente. Acelero el paso. Sudo. Añoro el otoño.

Los días de tormenta son mis preferidos. Me gusta la luz. Que huele a lluvia antes de caer, que la playa se despuebla, que se puede respirar.

-Pues a mí NO, chavalita. Para un día que me baño y no hace sol. Ay, madre del amor hermoso que frío. ¡Quiero mi mantita!

¿Messi veranea en la playa de mi barrio? Empiezo a creer en la crisis, y eso que los futbolistas pagan una miseria al Fisco.

¿Estarán exentos por mantener a gran parte del país sin inquietudes sociales, laborales, sin criterio ni juicio?

Lo que más me gusta del verano es que se va y el próximo todavía tardará meses en volver.

Hoy he podido abrir las ventanas, apagar el aire frío, y hasta me ha dado por revisar mi colección de botas y fulards.

Verano, cha, cha, cha.