Dice Martha Rosler que “el arte, en su esencia, es una ventana a la imaginación que permite tener un horizonte de sueños y que sirve para abrir una caja donde el resultado no es predecible. El dinero no importa”
Estoy de cuerdo con Rosler, una artista americana que escribe, hace fotos, fotomontajes y performances, y que antes de decidirse por el artisteo, pensó en ser atracadora de bancos.
Yo quería ser espadachín o indio del Canadá, pero mantener un caballo en la ciudad sale muy caro y ya no quedan indios en las praderas.
El arte es solitario, pero es excitante. Te atrapa y te obsesiona.
Con la curiosidad de mi gata y un cosquilleo por mi parte por ver el conjunto, extiendo por casa el resultado de varios días de trabajo antes de dejarlo en la tienda donde me expondré por primera vez al gusto y la valoración de gente que no me conoce de nada.
Nina bizquea más de lo acostumbrado ante el despliegue de formas y coloridos.
A “Erredos” no le favorece la bolsa de protección, parece más agobiado y sudoroso. “Flor de té y cascanueces” prosiguen su romance indiferentes a su próxima exhibición pública.
También dice Rosler que “El humor atraviesa tus defensas, te hace humilde y tiene la capacidad de dirigir la conversación hacia puntos diferentes”
Cuando creo, el humor está presente. Disfruto confundiendo al espectador. Esa cosa tan extraña de la imagen es sólo el centro de una flor, un pensamiento, que puedes tener en una pequeña maceta en la ventana de tu casa.
Parece que el gato se quedó encerrado en el cuarto de revelar. Pero ya no uso las cubetas y los líquidos, ni la luz roja, ahora lo proceso con el ordenador y la imaginación.
Nada más racial en este país que el toro y los machos ibéricos que los lancean o maltratan en fiestas tan tradicionales como la Inquisición, que por suerte no nos empeñamos en mantener.
Pero mi toro es una silueta recortada en un monte que empezó anunciando coñac y ha quedado como icono publicitario, y el macho ibérico es la sombra de un pacífico tenista sobre la pista de juego.
Este venusiano danzante es sólo el reflejo de una farola en una superficie metálica y rayada al atardecer.
Lo que más me gusta del arte es lo que tiene de juego, de experimento, también que no es predecible. Por eso no tengo ni idea de cómo va ir esta nueva aventura. Y ¿lo que ya he disfrutado?, eso no tiene precio.
Quiero agradecer a Turturro su ayuda y asesoramiento profesional, con los que me he sentido muy arropada y encima nos hemos reído y lo hemos pasado genial. Él es una persona excelente, un espíritu libre y un artista. Gracias, cielo.