28 de mayo de 2010

Habitación con vistas

Una noche, hace dos años, un “anónimo” escribió un comentario íntimo en mi blog, pero con una extraña petición final, bórralo, por favor, es que no he encontrado otra manera de llegar hasta ti.

No era una persona habituada a los blogs, sino hubiera sabido encontrar mi correo personal que siempre ha estado ahí.

Se llamaba Ángela y entró en mi vida como un torrente. Divertida, generosa, vital, impredecible, apasionada. Lo nuestro fue un flechazo a golpe de e-mails.

Nos contábamos nuestras cuitas y nos echábamos muchas risas de teclado a teclado: Zaragoza-Barcelona y viceversa.

Me gustaba todo de Ángela. Lo que más: que repartía su amor a puñados, le sobraba empatía.

Ángela era demasiado sensible y luminosa para este mundo que puede ser áspero y gris.

Estaba casi tan chalada como yo. Nos mandábamos besos XXL de despedida o abrazos de oso amoroso y tonterías por el estilo.

Ella se ha ido, de repente, tal como llegó a mi vida. Se ha mudado a una habitación con vistas al arcoíris donde no tienen conexión a internet.

Querida Ángela: le he puesto un sensor especial a mi teleobjetivo para fotografiar ángeles, cualquier día te pillo. Guíñame un ojo si eres feliz y tócate la oreja si necesitas ayuda, algo se me ocurrirá.

Si no tienes nada interesante que ocupe tu eternidad, te propongo que seas mi ángel de la guarda. Lo perdí hace unos años y ando desangelada. Se llamaba John Denver según me rebeló en un sueño. La verdad es que estaba muy bien diseñado, el angelico, pero yo te prefiero a ti.

Ah, he tirado a la basura los besos “curita sana”. Son un timo.

17 de mayo de 2010

Me muero

Autora de la foto, mi madre

Tengo cinco años. Me muero. Estoy en el centro de la cocina sentada en una banqueta. Los pies dentro del barreño de cinc. Hay un estropajo de cuerda nuevo y un trozo de jabón que parece un caramelo de miel.

Antes de empezar a morirme, Adela dijo que iba a la tienda hacer un mandado, que no me moviera ni jugara con el agua y lo pusiera todo perdido como era mi costumbre.

Mis pies se alejan, arrugados como dátiles secos. Un escalofrío recorre mi espalda desnuda de niña pequeña. El agua gris con rastros blancos de puntillas deshilachadas se mueve. Entre mis dedos naufraga un pez de nácar. Quiero salvarlo, pero no sé donde he dejado mis manos ni mis brazos.

Tengo sueño. Adiós pez, lo siento. Me muero. Trata de escapar, salta por la ventana. Detrás de los álamos está el río.

Lo primero que veo es a mamá con la mano en el pecho y la expresión de heroína de película muda. Oh, gracias Dios mío, le reza a la bombilla sin lámpara de mi habitación, en aquella casa en la que me cuidan o descuidan y que no es mi casa.

Antes de que mamá regrese al hospital donde trabaja y vive entregada a sus enfermos terminales le pregunto si han encontrado un pez en el barreño. Un pez de nácar.

-Trata de descansar, hija, ¡vaya susto nos has dado!

Insisto.

- No, no había ningún pez, me sigue la corriente.

- Adela, cualquier cosa, me llamas. Y no vuelvas a poner esa estufa. Es un peligro.

Cierro los ojos. Y sueño que el pez de nácar baila el vals con una medusa naranja. Estoy viva.

4 de mayo de 2010

Pregúntale a Dios por qué odia a John Denver

Nadie le preguntó qué hacía allí, ni intentó romperle la cabeza con un cenicero o llamar a la policía. Éramos mujeres de mediana edad. A esas alturas de la vida, eres una amargada, una reprimida o tiendes a relativizar.

Apareció en el salón desnudo y húmedo, como si acabara de salir de la ducha.

Celebrábamos mi 50 aniversario. Mis amigas observaban con interés aquel ejemplar tan bien diseñado, espléndido en su desnudez. Fascinadas.

Me miró cómo si fuera la culpable de su desaliento, movió la cabeza con el mismo gesto que utilizaba mi madre, se arrodilló hasta ponerse a la altura del sofá y agarro mi muñeca. Y se fue desplomando a cámara lenta, como si alguien le succionara el esqueleto por una oreja.

-Pregúntale a Dios porque odia a John Denver- me susurró antes de soltarme y cerrar sus bellos ojos azules.

Tapamos a John con una sábana de raso, ya en desuso de noches locas, dejando al descubierto su rostro perfecto. Parecía dormido. Recogimos, pusimos el lavaplatos y nos sentamos a esperar. Como si se tratara de una película absurda, propuse que nos tomáramos un ron con hielo.

La humedad de su pelo había dibujado un redondel en la alfombra, dándole aspecto de santo bizantino enmarcado entre los añiles y amarillos Van Gogh del Kilim.

Ni el forense ni la policía pudieron determinar quien era aquel hombre, lo registraron en sus archivos como “Desconocido, alias, John Denver”. Carecía de huellas dactilares. Las yemas de sus dedos eran lisas como el alabastro. Insólito, dijo el forense enarcando las cejas como el capitán Spot, poniendo en su cuaderno: ”insolito” sin tilde.

Desde hacía seis años, cada cumpleaños recordaba aquella extraña aparición-desaparición en mi vida sin encontrarle sentido, hasta hoy, que mi nieta me ha preguntado:

Abuela, ¿tú tienes ángel de la guarda?