Una noche, hace dos años, un “anónimo” escribió un comentario íntimo en mi blog, pero con una extraña petición final, bórralo, por favor, es que no he encontrado otra manera de llegar hasta ti.
No era una persona habituada a los blogs, sino hubiera sabido encontrar mi correo personal que siempre ha estado ahí.
Se llamaba Ángela y entró en mi vida como un torrente. Divertida, generosa, vital, impredecible, apasionada. Lo nuestro fue un flechazo a golpe de e-mails.
Nos contábamos nuestras cuitas y nos echábamos muchas risas de teclado a teclado: Zaragoza-Barcelona y viceversa.
Me gustaba todo de Ángela. Lo que más: que repartía su amor a puñados, le sobraba empatía.
Ángela era demasiado sensible y luminosa para este mundo que puede ser áspero y gris.
Estaba casi tan chalada como yo. Nos mandábamos besos XXL de despedida o abrazos de oso amoroso y tonterías por el estilo.
Ella se ha ido, de repente, tal como llegó a mi vida. Se ha mudado a una habitación con vistas al arcoíris donde no tienen conexión a internet.
Querida Ángela: le he puesto un sensor especial a mi teleobjetivo para fotografiar ángeles, cualquier día te pillo. Guíñame un ojo si eres feliz y tócate la oreja si necesitas ayuda, algo se me ocurrirá.
Si no tienes nada interesante que ocupe tu eternidad, te propongo que seas mi ángel de la guarda. Lo perdí hace unos años y ando desangelada. Se llamaba John Denver según me rebeló en un sueño. La verdad es que estaba muy bien diseñado, el angelico, pero yo te prefiero a ti.
Ah, he tirado a la basura los besos “curita sana”. Son un timo.

