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Son las cinco de la tarde, que no son horas, que el ruedo parece más parrilla que albero.
El caballo del picador, ciego y con más embalaje que un mueble del Ikea, me provoca. Embisto su envoltorio y el picador se venga haciendo palanca con su pica. Me parte el cuello. Mi primera herida.
Me duele, pero no hay tregua. Llegan los capotes. ¡Ey, toro! Me retan, me marean.
Finjo que me cabreo y entro al trapo rosa y fucsia.
Estoy del olé, olé de la peña hasta la rabadilla.
Oh, ¡No! El banderillero dando saltitos, con dos pinchos morunos de colores. Corre hacia mí retador, paradiña y… ¡zaca!, me clava los pinchos. Mira altanero al tendido. Y repite. Cuatro banderillas, cuatro.
Parezco el acerico de la abuela, un acerico ensangrentado.
Mi lomo se pinta de amapolas y las moscas, ay, las moscas, tan hispanas como yo, se ceban. Mi rabo que aspira ser cortado por la gloria de una tarde de fiesta se deprime y pasa de espantarlas.
Herido y desconcertado, embisto la barrera y simulo que soy bravo, pero sólo estoy asustado. Muy asustado.
Sale el maestro. Tieso, trascendente, chaquetilla con hombreras al estilo de los 80, medias rosas, pantalón pitillo y zapatillas de baile. Exhibiendo hombría entre la cintura y las rodillas. ¡Torero, torero!
Ruge la plaza. Voy a morir a ritmo de pasodoble: “Paquito el chocolatero”. Chocolate con churros. Es la hora de la merienda. Es la hora del escarnio, de la barbarie.
No puedo pensar, quiero irme, pero el del traje de luces me persigue con el estoque escondido en un trapo rojo. Acaba de una vez “tortura nacional”, me digo para mis adentros, que cada vez son más mis afueras por donde se me va la vida.
EL torero desnuda el estoque, espera que baje la cabeza y ¡zaca! Me lo clava. El filo se resiste a entrar. Duele. ¡Qué poco arte, chaval! Lo intenta de nuevo. Shshshhsh! Se desliza el estoque como la cuchilla de un patín en la pista de hielo.
Me tiro al suelo, pero no me da la gana de morirme, saco la lengua. ¡Qué os den a todos!
Llega el descabello. Un puñal corto que me clavan sin fiesta ni alharacas en el cuello.
Me cortan las orejas, a veces el rabo. Los cuernos y el ánimo ya los traigo desmochados de casa. Me arrastran por la plaza…
Soy el toro, ese toro enamorao de la luna, ese torito, ay, torito bravo, al que los brezos le besan la frente y abanicos de colores parecen sus patas…
Bien por Cataluña, requetebién por Canarias, donde no se nos tortura como divertimento desde 1991. Olé, por Asturias, donde el ruedo cría malvas y abandono… Llegó por fin la Ilustración a parte de España, aunque sea con unos cuantos siglos de retraso.
Ay, Fernando VII, ¡qué cutre eras!, rey.
“Y vuele
esta oración
con la fuerza de las palabras
más allá de la jaula de este mundo
hasta quién sabe dónde. Amén” (Baricco)